Desde Focus Market elaboramos el siguiente Informe donde mostramos que un año antes de cada elección presidencial, el mismo salario registrado compró cosas muy distintas. En 2026 hay una recuperación frente al piso de 2022, pero en carne vacuna, leche, pan y cine, el poder de compra sigue por debajo del de 2014.
“La dinámica salarial en Argentina continúa condicionada por la inflación y la corrección de los precios relativos de la economía, un proceso que encarece servicios esenciales y reduce el ingreso disponible de los hogares. En este contexto, aun cuando los salarios nominales registren mejoras, la recuperación del poder adquisitivo puede resultar insuficiente para sostener el consumo. El impacto se refleja en un consumidor más cauteloso, que prioriza los gastos básicos, posterga compras y busca alternativas más económicas. A esto se suma la mayor sensibilidad frente a los precios y la necesidad de contar con información transparente para comparar costos y tomar decisiones de consumo“, indicó Damián Di Pace Director de la Consultora Focus Market.
Un mismo salario no alcanza para lo mismo en todos los momentos. Puede rendir más en yerba y menos en leche, más en alquiler y menos en carne. Para medir esos cambios, desde Focus Market cruzaron el salario RIPTE —la remuneración imponible promedio de los trabajadores registrados estables— con los precios de más de diez bienes y servicios cotidianos en cuatro años inmediatamente anteriores a elecciones presidenciales: 2014, 2018, 2022 y 2026. El objetivo de este análisis es observar qué ocurrió con el poder de compra del salario formal mientras se acercaba cada elección.
La remuneración imponible promedio de los trabajadores registrados estables rondó los $10.595 mensuales en 2014, $30.354 en 2018 y $147.246 en 2022. Entre enero y julio de 2026 el promedio fue de $1,82 millones. Estas son cifras nominales que poco dicen sobre la capacidad de compra de estos salarios a lo largo del tiempo, lo interesante surge al comparar estos salarios nominales con los bienes que permitían comprar en cada momento.
La primera foto: cuántas canastas cubre un salario
Para sintetizar el poder de compra sin quedarse en un producto puntual, una medida útil es cuántas canastas alcanza a cubrir un RIPTE. Para eso se utilizaron las canastas de consumo que calcula el Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires.En 2014, un RIPTE promedio equivalía a 3,92 canastas alimentarias (también conocida como canasta básica) y 1,63 canastas totales. En 2018 este cociente había bajado a 3,64 y 1,35.
El nivel más bajo entre los cuatro períodos analizados aparece en 2022: con un salario promedio de $147.246, un trabajador formal pudo acceder a 2,82 canastas alimentarias y 1,20 totales, es decir, un salario que apenas superaba el costo de una canasta completa. En 2026 el indicador se recupera hasta cerca de 3,3 canastas alimentarias y 1,5 totales.
La mejora frente a 2022 es clara y, en la canasta total, supera incluso el 1,35 de 2018. Pero frente a 2014 la recuperación es parcial: 3,30 contra 3,92 canastas alimentarias y 1,48 contra 1,63 totales. La foto general muestra una recuperación respecto de 2022, aunque el resultado cambia bastante según qué gasto se mire.

Carne: donde la comparación cambia bastante
La carne muestra por qué el promedio general no alcanza para describir que pasa al interior del bolsillo. El deterioro más marcado aparece en la carne vacuna. Con un RIPTE promedio se podían comprar unos 171 kilos de asado en 2014, y el poder de compra llegó a su máximo entre los cuatro años analizados en 2018, con cerca de 193 kilos. En 2022 el indicador había bajado a 134 kilos y entre enero y julio de 2026 promedió unos 103: casi un 47% menos que en 2018 y alrededor de 40% menos que en 2014.
El comportamiento de la carne cerdo es distinto. El poder de compra de 2026 ronda los 205 kilos de pechito por RIPTE: supera los 187 de 2014 y los 191 de 2022, aunque permanece por debajo de los 222 de 2018. El pollo, también perdió terreno respecto de aquel máximo: de unos 600 kilos por salario en 2018 pasó a 444 en 2022 y a cerca de 384 en 2026, un 36% menos que en el pico de ese ciclo.
La diferencia entre los precios de las carnes se ve mejor al contrastar los precios relativos. En 2014, un RIPTE alcanzaba para apenas un 9% más de pechito que de asado. En 2026 alcanza para el doble: unos 205 kilos de cerdo contra 103 de asado. El kilo de asado pasó de costar un poco más que el de cerdo a costar casi el doble.Esta comparación muestra que hablar de una mejora o un deterioro general del poder adquisitivo puede ser insuficiente. Los cambios de precios relativos modifican de manera muy distinta la capacidad de compra según el producto que se esté analizando.

Súper y consumo cotidiano
El poder de compra no evolución en la misma sintonía ni siquiera dentro del mismo changuito. En 2014, un salario promedio llenaba el carrito con unos 1.277 litros de leche. En 2018 la cuenta era casi idéntica, pero desde ahí la leche se encareció más rápido que el sueldo: en 2022 alcanzaba para unos 1.170 litros y en 2026 para cerca de 1.040, casi un 19% menos que doce años atrás.
Con el pan pasó algo parecido. El mejor momento fue 2018, cuando un RIPTE permitía comprar unos 515 kilos. Desde entonces el salario rinde cada vez menos en la panadería, y en 2026 la cifra baja a unos 426 kilos, un 17% menos que en aquel pico.
Con la yerba sucedió lo opuesto. En 2022 fue el peor momento de la serie, con apenas 240 kilos por salario, y en 2026 el mismo sueldo se transforma en casi 390 kilos: un 63% más que cuatro años antes y también más de lo que se podía comprar en 2014, cuando alcanzaba para unos 267. El mismo bolsillo que rinde menos en leche y pan rinde mucho más en el mate.
Fuera del supermercado, el panorama también cambia según el gasto. En 2014, un salario cubría el equivalente a unas 196 entradas de cine; en 2026, unas 148, alrededor de una cuarta parte menos.
La nafta tuvo otra trayectoria. Un salario llenaba el tanque con unos 824 litros en 2014, con unos 888 en 2018 y llegó a su mejor momento en 2022, con casi 1.000 litros. En 2026 vuelve a unos 846, un 15% menos que en el pico y prácticamente en el mismo lugar donde había empezado.Al final del recorrido, el changuito no se achicó ni se agrandó de manera pareja: se reacomodó. Hoy el mismo salario compra mucha más yerba, algo menos de nafta que en su mejor momento y bastante menos leche, pan y entradas al cine que en el año previo a las elecciones de 2015.

“La recuperación del salario real en Argentina dependerá de una combinación de factores que deben consolidarse simultáneamente: estabilidad cambiaria, desaceleración sostenida de la inflación, crecimiento de la inversión y generación de empleo formal. El desafío es que los ingresos comiencen a recuperar, aunque sea gradualmente, parte del terreno perdido sin que nuevas presiones sobre los precios vuelvan a erosionar el poder adquisitivo. En este escenario, el próximo año electoral agrega incertidumbre: las necesidades políticas de mostrar resultados conviven con la exigencia de sostener los equilibrios macroeconómicos. La clave será lograr que la estabilidad deje de ser solamente una variable financiera y se traduzca, progresivamente, en mejores salarios, más empleo y una recuperación tangible del consumo”, detalló Damián Di Pace Director de la Consultora Focus Market.

¿Qué pasó con los alquileres estos años?
El alquiler es el gasto que más condiciona el bolsillo de quienes no son propietarios, y también el que más se transformó entre un ciclo y otro. Los datos corresponden al alquiler promedio de un departamento de dos ambientes en la Ciudad de Buenos Aires.
En 2014, el alquiler absorbía poco más de un tercio de un salario promedio, alrededor del 36%. Dicho de otro modo, un RIPTE alcanzaba para pagar casi tres alquileres. Dentro de ese año la carga incluso se aliviaba: de un 38% en enero bajaba a un 34% en diciembre. En 2018 el peso ya era mayor, cerca del 40%, y se mantuvo estable durante todo el año.
El esfuerzo más elevado entre los períodos analizados aparece en 2022. El alquiler se llevaba casi la mitad del salario, un 48% promedio, y el esfuerzo fue creciendo mes a mes hasta rozar el 50% en diciembre. Durante la previa de las elecciones de 2023 un trabajador promedio del sector registrado debió asignar la mitad de su sueldo solamente en el pago del alquiler.
En 2026 el panorama mejora. Durante el primer semestre, el alquiler representó alrededor del 43% del salario, y el esfuerzo fue cediendo: de casi un 46% en enero a poco más de un 42% en junio. La mejora frente a 2022 es visible, pero el esfuerzo sigue siendo mayor que el de 2014 y 2018: hoy un salario alcanza para cerca de dos alquileres y medio, contra casi tres de hace doce años.

Cuatro años, cuatro contextos macro
Los movimientos del bolsillo que se vieron en los bloques anteriores no ocurrieron en el vacío. Cada ciclo político estuvo atravesado por una configuración macroeconómica distinta:
2014: después del salto cambiario, un alivio parcial.
El año arrancó con una devaluación del dólar oficial y terminó con una inflación porteña del 38%, una brecha de 61% con el blue y un déficit primario de alrededor de 3,1% del PIB, financiado en buena parte con emisión: la asistencia monetaria al Tesoro rondó el 3,2% del PIB. En ese marco, el salario llegó a cubrir casi cuatro canastas alimentarias y dedicaba apenas un 36% a pagar el alquiler. Y dentro del año el bolsillo fue recuperando terreno: el pan y el pollo rindieron un 22% más y la leche un 10% más hacia diciembre. Parte de esa mejora puede deberse a que enero era el piso posterior a la devaluación.
2018: el shock cambiario llega al changuito.
Sin cepo, el dólar oficial subió más de 110% y la inflación llegó a 45,5%. El ajuste fiscal estaba en marcha, con un déficit primario de 2,4% del PIB y una asistencia monetaria al Tesoro casi nula. Fue el año en que el salario perdió de manera más pareja: la nafta, el pan, el pollo y la yerba rindieron más de un 20% menos hacia diciembre, y el cociente con la canasta alimentaria bajó de 3,9 a 3,6. La excepción fue la carne vacuna y de cerdo, que casi no se movieron. El alquiler, en cambio, se mantuvo estable en torno al 40% del salario durante todo el año. La particularidad de este año es que el deterioro del poder adquisitivo se concentró principalmente en aquellos bienes con precios muy atados al dólar, como el combustible.
2022: la inflación se come al dólar.
Los precios subieron 93,4%, el doble que en 2018, mientras el dólar oficial avanzaba 67% con un esquema de ajuste gradual, y la brecha con el blue se acercaba al 96%. El déficit primario volvió a ser de 2,4% del PIB. El resultado fue el punto más bajo del bolsillo: el salario cubría apenas 2,8 canastas alimentarias y el alquiler se llevaba casi la mitad del ingreso, con una carga que creció hasta rozar el 50% en diciembre. Pero fue también un año de ganadores y perdedores muy marcados: el salario ganó casi un tercio de poder de compra frente al asado y rindió más en yerba y cerdo, mientras perdía frente a la leche y el pan. La nafta quedó prácticamente sin cambios dentro del año y, en promedio, ese fue su mejor ciclo: casi 1.000 litros por salario. Con un dólar que corría por detrás de los precios, es posible que parte de esos movimientos reflejen precios relativos que se reorganizaron a distintas velocidades.
2026: un contexto opuesto, pero con recuperación desigual.
Hasta septiembre, la inflación porteña acumula 23,7% y registra una variación interanual de 32,9, el dólar oficial casi no se movió, la brecha con el blue ronda el 1%, el sector público tiene superávit primario y, según el BCRA, el financiamiento monetario directo al Tesoro es nulo. Con esa base, el bolsillo mejora frente a 2022: el salario vuelve a cubrir cerca de 3,3 canastas alimentarias, la carga del alquiler baja a un 43% y cae de 46% en enero a 42% en junio, y el poder de compra mejora frente al asado, el cerdo y la yerba. Pero la recuperación no es pareja: la leche, la nafta y el pollo siguen rindiendo menos, con pérdidas de entre 3% y 6% en lo que va del año, y el salario compra bastante menos carne vacuna, leche y entradas al cine que en 2014.
La lectura de conjunto es que ningún contexto macro mueve todos los precios al mismo ritmo. En el ciclo de 2014 el alivio llegó después de un salto cambiario; en 2018 ese salto se trasladó rápidamente a casi todo el changuito; en 2022 la inflación alta y el dólar rezagado dejaron un mapa de precios relativos muy desparejo; y en 2026, con un tipo de cambio quieto y el desequilibrio fiscal corregido, el bolsillo recupera parte del terreno perdido, pero no todo. El tránsito de la inflación hacia una desaceleración no implica que cada precio se acomode al mismo tiempo.
Un salario, cuatro ciclos
Vistos en conjunto, los cuatro años no cuentan una historia lineal de mejora o deterioro, sino cuatro recorridos distintos. En 2014 el bolsillo fue recuperando terreno a lo largo del año, tras un salto cambiario y con una emisión elevada. En 2018 el deterioro llegó rápido y casi parejo a todo el changuito. En 2022 el salario tocó su piso, con un mapa de precios muy desparejo, y en 2026 se recupera de ese piso, aunque sin volver del todo adonde estaba al principio.
Un salario de 2026 vuelve a cubrir cerca de 3,3 canastas alimentarias, contra 2,8 en 2022, el alquiler pesa menos que en el peor momento y la yerba, el cerdo y el asado rinden más dentro del año. Pero la recuperación no es completa. Frente a 2014, el salario compra menos carne vacuna, menos leche, menos pan y menos entradas al cine, y alcanza para menos canastas.
El poder adquisitivo no depende solamente de cuánto aumenta el salario o de cuánto se desacelera la inflación, sino también de cómo cambia el precio de cada bien y servicio que ese salario necesita comprar. Por eso, una mejora en los indicadores macro puede convivir durante un tiempo con una recomposición incompleta y muy desigual del poder de compra.





