3 de cada 4 argentinos no pueden mantener el foco sin mirar el celular
Desde Focus Market elaboramos el siguiente Informe donde mostramos que en Argentina 3 de cada 4 no pueden mantener el foco sin mirar el celular, 4 de cada 10 sienten que las pantallas empeoraron sus vínculos, y 8 de cada 10 conocen a 1 adulto mayor que quedó afuera de un beneficio por no poder usar plataformas digitales. Los datos dibujan un mismo problema con tres caras.
“La economía digital ha transformado la atención en un activo comercial. Cada minuto que un usuario permanece frente a una pantalla genera valor para las plataformas, pero también puede representar una pérdida de productividad para empresas y trabajadores. La fragmentación de la atención ya no es solo un problema individual: es un costo económico que afecta la eficiencia, la innovación, los vínculos y el crecimiento de largo plazo”, señaló Damián Di Pace Director de la Consultora Focus Market.

La atención bajo asedio
Cada vez que desbloqueás el celular, algo se rompe. No es una metáfora: es lo que muestran más de dos décadas de investigación sobre cómo las pantallas están reshapeando nuestra capacidad de pensar.
En 2004, el tiempo promedio que una persona sostenía el foco frente a una pantalla era de dos minutos y medio. Para 2012 había caído a 75 segundos. Hoy, según mediciones corroboradas por cinco estudios independientes, ese número se ubica en apenas 47 segundos. No es que nos distraemos más: es que nos estamos reconfigurando cognitivamente.
De acuerdo a un relevamiento a 2650 personas de la base de datos de Focus Market se les consultó cuánto les cuesta mantener el foco en una sola tarea sin mirar el celular, solo el 26% dijo no tener problema. El 74% restante reconoció algún grado de dificultad: un 28% siente que le cuesta un poco, un 30% que le cuesta mucho, y un 16% directamente que le resulta imposible. Más de la mitad de quienes respondieron, entonces, están librando una batalla cotidiana con su propia atención.

La causa no es la falta de voluntad. Es el diseño. Las plataformas de video corto —TikTok, Instagram Reels, YouTube Shorts— fueron construidas para maximizar el tiempo dentro de la app mediante estímulos cada vez más rápidos y gratificantes.
El problema se amplifica en el trabajo. Según la Asociación Americana de Psicología, el cambio constante entre tareas puede consumir hasta el 40% del tiempo productivo. Pero quizás el dato más revelador es otro: después de una sola interrupción, el cerebro tarda en promedio 23 minutos y 15 segundos en recuperar la concentración plena. Un trabajador interrumpido apenas una vez por hora pierde, en la práctica, casi la mitad de su capacidad productiva diaria.
Lo que emerge de todo esto no es solo un problema de hábitos individuales. Es un ciclo difícil de romper: la atención fragmentada nos vuelve más permeables a las notificaciones, las notificaciones fragmentan más la atención, y esa atención erosionada nos hace más dependientes del estímulo rápido. “No estamos simplemente distraídos”, concluye uno de los estudios. “Estamos siendo cognitivamente remodelados por las herramientas que usamos, de maneras que comprometen nuestra capacidad de pensar en profundidad, planificar y sostener intenciones”.

¿Conectados o más solos?
El 12% dice que las pantallas mejoraron sus vínculos reales. El 40% dice que los empeoraron. Y casi la mitad —un 48%— eligió la respuesta del medio: ni una cosa ni la otra. Ese empate incómodo, esa ambivalencia masiva, quizás sea el dato más honesto de todos. Porque describe exactamente la paradoja en la que vivimos: más conectados que nunca, pero sin saber bien a qué.

La investigación sobre el tema refleja esa misma tensión. Por un lado, el acceso a dispositivos digitales e internet permite mantener relaciones a pesar de la distancia, la movilidad reducida o problemas de salud, y puede fortalecer la sensación de apoyo social y pertenencia. Por otro lado, la comunicación digital tiende a ofrecer intercambios frecuentes pero de poca profundidad emocional, lo que puede agrandar la brecha entre el tipo de vínculo que se busca y el que realmente se obtiene. La cantidad de contacto sube; la calidad, no necesariamente.
El problema no es la tecnología en sí. Es que usamos las pantallas para llenar el espacio donde deberían estar los vínculos, y ese sustituto rara vez alcanza. El like no abraza. La videollamada no reemplaza la sobremesa. Y el chat permanente con cincuenta personas puede convivir perfectamente con una soledad profunda.
“Las empresas tecnológicas maximizan el tiempo de permanencia en sus plataformas porque ese tiempo incrementa los ingresos por publicidad y por monetización de datos. Sin embargo, el beneficio privado de estas compañías puede generar un costo social que no está internalizado por el mercado. En términos económicos, estamos frente a una externalidad negativa: el modelo de negocios premia la captura de atención, mientras que el costo de la distracción es absorbido por trabajadores, empresas, sistemas educativos y, en última instancia, por toda la economía”, señaló Damián Di Pace Director de la Consultora Focus Market.
El costo invisible: cuando no saber usar una app te deja sin jubilación
El 55% de quienes respondieron la encuesta dijo que vivió de cerca el caso de un adulto mayor que perdió acceso a un beneficio —una jubilación, un turno médico, un medicamento, una cuenta bancaria— por no poder manejarse en plataformas digitales. Otro 25% no lo vivió directamente, pero cree que pasa mucho. Solo el 20% no lo considera un problema frecuente. Son 2.650 personas encuestadas en Argentina, y ocho de cada diez conocen o sospechan que esto ocurre a su alrededor. No es una percepción distorsionada. Es lo que muestran los datos.

En Argentina, más del 15% de la población tiene 60 años o más, y esa cifra seguirá creciendo. Según el Dosier estadístico de personas mayores 2025 del INDEC, casi 88 de cada 100 personas de ese grupo etario usan celular, y el 84,7% accede a internet. Los números suenan altos —hasta optimistas— hasta que se mira lo que hay debajo: solo el 24,7% usa computadora, y la principal plataforma digital de los mayores de 65 es WhatsApp. La apropiación tecnológica, en muchos casos, llega hasta ahí.
La brecha se profundiza según el nivel educativo y los ingresos. Casi 94 de cada 100 adultos mayores con educación universitaria usan internet. Entre quienes no terminaron el secundario, ese número cae a 67 de cada 100. En los hogares del quintil más bajo de ingresos, el acceso a alguna tecnología ronda el 80%, frente al 97% del quintil más alto. Y el dato que más pesa: casi 39 de cada 100 personas mayores de 65 que no usan internet declaran, simplemente, no saber cómo hacerlo.
El problema es que el Estado no esperó. Prácticamente todas las gestiones cotidianas —solicitar un turno médico, tramitar una jubilación, gestionar medicamentos, operar una cuenta bancaria, recibir asistencia estatal— migraron al entorno digital sin contemplar los tiempos de adaptación de quienes no crecieron con esas herramientas. La atención humana fue reemplazada por chatbots. Los formularios en papel, por formularios online. Y quienes no pudieron seguir ese ritmo quedaron del otro lado de una barrera invisible pero muy concreta.
A eso se suma otra amenaza: la falta de habilidades digitales convierte a los adultos mayores en el blanco preferido de fraudes, phishing y engaños telefónicos. Este tipo de delitos ha crecido de manera alarmante en los últimos años, y sus principales víctimas son personas mayores que no tienen herramientas para detectarlos —y que terminan perdiendo sus ahorros.
La paradoja es que, cuando los adultos mayores logran superar esa brecha y apropiarse de la tecnología, los beneficios son reales: investigaciones internacionales muestran que quienes dominan sus dispositivos reportan menores niveles de soledad, mayor sensación de independencia y mejor calidad de vida. Manejar la propia tecnología, al parecer, también es una forma de manejar la propia vida.
Tres preguntas, un solo problema
Atención, vínculos, derechos. Los tres bloques de esta nota parecen hablar de cosas distintas, pero responden a la misma lógica: una transformación digital que avanzó más rápido que las personas, y que dejó costos distribuidos de manera muy desigual.
El que no puede concentrarse por las notificaciones paga con productividad y agotamiento. El que usa las pantallas para sostener vínculos que ya eran frágiles paga con soledad disfrazada de conexión. El adulto mayor que no sabe navegar una web gubernamental paga con algo más concreto: su jubilación, su turno médico, su medicamento.
No se trata de estar en contra de la tecnología. Las mismas investigaciones que documentan estos costos muestran que, cuando el acceso es real y el acompañamiento existe, la tecnología reduce la soledad, mejora la calidad de vida y amplía la autonomía. El problema no es la herramienta. Es quién diseña las reglas de uso, a qué velocidad se imponen los cambios, y quién queda afuera cuando nadie mira.
“El desafío para los próximos años será encontrar un equilibrio entre innovación digital y bienestar económico. La alfabetización digital, el diseño responsable de plataformas, las políticas empresariales que favorezcan el trabajo profundo y la regulación de ciertos mecanismos de captación de atención pueden convertirse en herramientas para reducir estas pérdidas. La economía del siglo XXI ya no solo deberá administrar recursos financieros o naturales. También tendrá que proteger uno de los activos más valiosos para el crecimiento: la capacidad humana de prestar atención”, indicó Damián Di Pace Director de la Consultora Focus Market.




